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MAÑANAS

El canto del zorzal me despierta cada mañana. Todo el día me acompaña ese trino que reconozco entre tantos. No es cualquier zorzal, es el mío, digo yo, como si pudiera adueñarme de su alma. Él es libre. Y con su libertad natural elige cantar aquí. Se posa en lo alto del fresno más viejo de todos los que bordean la calle de mi barrio. Desde allí, su canto cruza todo el vecindario. Me instalo en el porche. Y espero con el mate y los bizcochos que llegue mi amiga, para charlar. En cada encuentro la charla nos lleva por los intrincados laberintos de la vida cotidiana, de los recuerdos, de la política. Nos reímos. A veces también lloramos. Así somos. Un poco divagantes, en eso sí nos parecemos. Todavía con muchos sueños en la cabeza. En eso también somos iguales. En política no. Ahí somos polos opuestos. Ella, muy radical. Y yo tan peronista.  Igual en algo coincidimos en eso también: para las dos, la patria es el otro. Un auto a bastante velocidad pega una frenada en la esquina. ...

PICHÓN HERIDO

El ladrido de los perros del vecino. El barullo de los teros. El viento ululante. Las chapas de alguna casa rechinando. Los perros, otra vez los perros. La moto de Ricardo bramando con el escape libre. Otra vez Ricardo con lo mismo. El crepitante balbuceo de las hojas de los eucaliptos del parque. El llanto de un bebé. Ahora también el llanto de un bebé. Y el insomnio. Como siempre. El insomnio. Una taza de té de tilo, o de pasionaria, o de valeriana, o de naranjo. O leche tibia con canela y miel. O dos o tres pastillas de Valium. O un Alplaxito, como dice su mejor amiga Un rayo de sol le pega en la cara apenas unos minutos después de haberse dormido. No abre los ojos. No quiere abrirlos. Esperará que suene el despertador, quizás una hora o dos después. Pero es inútil la idea de dormir otra vez, ya todo vuelve a empezar. El ladrido de los perros del vecino. El barullo de los teros. El viento ululante. Las chapas rechinando. El llanto de un bebé. Se levanta nerviosa. Como ayer. Como sie...

MUERTOS

–Che, ¿viste lo que le pasó a la Flopi? –Qué, no sé nada. ¿Qué tiene la Flor? –Le cayó a la casa una mina. Un minón para colmo. Con una panza así de grande. Para mí que ya está por parir. –¿Y? –Y que le tiró la bomba que es del marido. No sabés la que se armó. Dice que hace más de tres años que anda con ella el hijo de puta. –A ver ustedes dos, si se dejan de chusmear y me ayudan con las flores. Antes de las 7 tiene que estar todo listo. –¿Te enteraste de lo que le pasó a la Flor? –Sí, ya te escuché. Pero déjense de joder y ayuden que ya es tarde. –¿Ya trajeron el fiambre? –Sí, está en la sala dos. Ahí tienen que llevar las flores. Y limpiar. –¿Quién es? –Don Soriano, el del corralón. –Fuaa, no sabía que había muerto ese viejo. –Bueno, menos mal que no es alguien joven. ¿Se acuerdan lo de la pibita del mes pasado? –Sí, dejá. Todo el pueblo vino esa vez. –Y con lo que le pasó, no era para menos. Yo ni quise verla. –Pobrecita, que triste fue eso. Y cómo laburamos ese día. –Y ahora le toc...

BALAS DE BARRO

Un hombre ensangrentado, arrastraba de los brazos el cuerpo de una mujer. Su cabellera renegrida atada en dos trenzas deshechas y apelmazadas, se iba enredando de pasto y cadillos. Su ropa tenía manchones de sangre. La tierra suelta se pegaba en sus piernas, rasgadas por las ramas secas y los pastos altos. Juan López tenía varios huecos en la espalda. La sangre se había desparramado alrededor de los balazos. En sus brazos y sus manos se le había pegado la de la mujer. La alzaba y trataba de seguir. Pero después de trastabillar unos pasos la tumbaba para arrastrarla nuevamente. Tenía sus hombros caídos, su rostro sucio de tierra y pólvora y caminaba tambaleándose. Con madre lo vimos por la ventana.  El griterío había parado. Tampoco se oían ya las explosiones de las armas. La voz de l comisario había ordenado perseguir a los rebeldes y la furiosa cuadrilla los siguió hacia los montes. Había muchos cuerpos. Los indios estaban destartalados a balazos. Algunos policías que habían ...

PÚRPURA

Marcia estaba en su departamento, cansada. No se sentía angustiada, ni nerviosa, ni triste. Mucho menos, furiosa. Justamente era eso lo que la hizo pensar en el final. Si hubiese tenido algún sentimiento, hubiese sido diferente. Porque entonces podría haberle gritado; podría haberle vomitado lo que se había estado aguantando. Pero no. Ella estaba ahí, sola y gris. Tan vacía que ya había perdido el sentido del dolor. Tan gris que el púrpura que tanto entusiasmo le había dado a sus días, se escurría por la pared, diluyéndose.  Se encerró en el dormitorio. Pensó que lo mejor sería esperarlo ahí. Pensó en la cara que pondría al abrir la puerta y encontrarla así. Se imaginó a si misma recostada en la cama, sobre la colcha clara que juntos habían elegido cuando decoraron la habitación. Imaginó su propia piel, blanca y traslúcida, mientras un camino rojo se dibujaba por la colcha hasta formar un charco en el suelo. Imaginó el grito desesperado,  cuando la hallara.  Lo ...

PEGASO NO ME ABANDONES

Imagen
  Pegaso es tan blanco que su pelaje parece brillar como una estrella de esas que están muy altas en el cielo. Tiene unas largas crines, que casi llegan hasta el suelo y que con mi abuelito Jano, el más viejo de mis nonos, se las cepillamos todos los días. Me agarro fuerte de ellas, lo monto y Pegaso, después de un trote, comienza a volar extendiendo sus alas. Y sube alto, muy alto, casi hasta donde se esconden las estrellas. Le digo: “más alto, Pegaso, más alto” y él, con su relincho de carcajada, me contesta que más alto está solamente el sol y que si nos acercáramos sus alas se podrían quemar. Gira alrededor de los árboles y ocultándonos detrás de las nubes, los dos observamos a mis primas y primos jugar a las escondidas en el jardín. Si me preguntan dónde me escondo, que no pueden encontrarme, les respondo que Pegaso me lleva hasta las nubes y que me quedo allí. Entonces reímos a carcajadas y juntos corremos por todo el terreno de la casa del abuelo, jugando a volar como mi...

MONOTONÍA

Hoy te vi salir temprano para tu trabajo. Bah, hoy es un decir. Todos los días te veo. Te miro por la ventana de mi dormitorio, justo a las seis, porque sé que a esa hora te vas. Veinte años hace que repetís la misma rutina. Me levanto media hora antes. Preparo un café bien concentrado, con dos tostadas con manteca y dulce de leche, como te gustaba. Es lo que desayunabas y sé que lo seguís haciendo. Ni té, ni mate. Café. Ni mermelada, ni medialunas, ni masitas. Tostadas con manteca y dulce de leche. Después vuelvo a mi cuarto y te miro por la ventana. Sé que caminás por la vereda hasta la esquina y desde allí seguís por el borde del cantero central, hasta salir del barrio. Esperás el colectivo. Pasa justo dos o tres minutos después de que llegás a la parada. Y así todos los días. Volvés pasado el mediodía. Pero yo no te veo porque a esa hora estoy trabajando. No tuvimos hijos. Era una responsabilidad que no quisiste asumir. Los hijos te cambian la vida, decías. Los hijos te atan, perdé...

LA VITOCA

Mecha sabía que ya era el momento. Era la quinta vez que estaba por parir y justo los agarraba en la isla. Sería como con el segundo. Los otros nacieron en la ranchada. La Vitoca pegó el primer alarido después de llenar sus pulmones de aire. El tape Redentor, su padre, alcanzó a agarrarla antes de que cayera al suelo. Cortó el cordón con el cuchillo que llevaba para limpiar y despostar los animales que cazaba o pescaba. Con un pequeño trozo de tripa seca de sábalo le ató el ombligo y se la entregó a su mujer, que la arropó con lo poco que tenía y la prendió a la teta para que dejara de llorar. Los otros pequeños dormían en un nido de hojarasca y mantas hilachentas. El bendito que habían armado apenas los protegía de la escarcha que se formaba sobre el ramaje. Amontonados cerquita del brasero con un tizón encendido, aguantaron la larga noche de frío. –¿Respira? –le preguntó el muchacho a su mujer, cuando ya el sol se colaba por el follaje. –Sí –contestó Mecha. –¡Buena sangre...