EMILY DICKINSON
¿Cuántas veces dejaste que el rocío del atardecer perfumara tu piel adormecida? ¿Cuántas, por la ventana de tu cuarto te entretuviste con el canto de las aves? ¿Por qué del mundo te escondiste un día, entre tus libros y poemas? ¿De la muerte, del dolor, escapar quiso tu alma o la soledad tu motor fue para mantenerte viva? ¿Acaso en el más allá todavía te consume la duda? Descansa, Emily, tu perplejo corazón. Yo sé la respuesta a tu incertidumbre. ¡Tu verso vive! ¡Late aún! Respira al ritmo de la tierra y se expande por el mundo con el melodioso suspiro de la oropéndola que no quiso mantenerlo en secreto. María Laura Ruggia