RIDÍCULA
Ridícula. Sí, es totalmente ridícula. Qué otra cosa se puede decir de una mujer como ella. Es alta y flaca, se parece a un álamo viejo de esos que están al final de la calle. Anda desaliñada, crota, mal vestida. Tiene el cabello enrulado y un lunar bastante grande en el cachete izquierdo que resalta en su cara blanca y consumida. Camina con pasos cortitos, como si tuviera miedo de caerse; pero se mueve con una rapidez rara de lagartija sobre la tierra caliente. La veo a cada rato, pasa y pasa por la vereda de enfrente de la casa de mi abuela Tonia. Todas las tardes, a la salida de la escuela, con los chicos del barrio la miramos cuando nos juntamos a tomar mates debajo del paraíso sombrilla que creció guacho en el jardín. A veces pienso que ese árbol es como yo, que me crié en la casa de mis abuelos guachito, sin madre ni padre. La abuela Tonia me zamarrea de la ropa cuando le digo esas cosas que pasan por mi cabeza. Dice que yo tengo una familia y que dej...