RIDÍCULA
Ridícula. Sí, es totalmente ridícula.
Qué otra cosa se
puede decir de una mujer como ella. Es alta y flaca, se parece a un álamo viejo de
esos que están al final de la calle. Anda desaliñada, crota, mal vestida. Tiene
el cabello enrulado y un lunar bastante grande en el cachete izquierdo que resalta en su
cara blanca y consumida. Camina con pasos cortitos, como si tuviera miedo de caerse;
pero se mueve con una rapidez rara de lagartija sobre la tierra caliente.
La veo a cada rato, pasa y pasa por la vereda de enfrente de la casa de mi abuela Tonia. Todas las tardes, a la salida de la escuela, con los chicos del barrio la miramos cuando nos juntamos a tomar mates debajo del paraíso sombrilla que creció guacho en el jardín.
A veces pienso que
ese árbol es como yo, que me crié en la casa de mis abuelos guachito, sin madre
ni padre. La abuela Tonia me zamarrea de la ropa cuando le digo esas cosas que
pasan por mi cabeza. Dice que yo tengo una familia y que deje de pensar tonterías, que mi madre murió cuando nací, pero que la tengo a ella.
Ahí va otra vez la tipa, ridícula con su andar de lagartija apurada. Pasa con la cabeza gacha y la vista en el piso desparejo de la vereda. No mira para mi casa, pasa rápido, con miedo quizá a que le grite algo. Pego un silbido y se asusta. Se sobresalta y sigue, como un cuis huyendo de un gato o un perro. Y me río por dentro, pero disimulo, porque la abuela me tiene prohibido hablarle o molestarla. Dice que la mina está loca y es capaz de salir con cualquier cosa o de hacer una pavada.
Más de una vez pensé en
gritarle «qué mirás vieja loca», pero no me mira, no me habla, no me da la oportunidad.
Así que la ignoro, trato de olvidarme de ella, de hacer como que no existiera.
Solamente una vez, el
día de mi cumple, cuando estaban llegando mis amigos para festejar, la ridícula pasó como siempre por la vereda de enfrente y no sé por qué, se paró
en seco, miró para mi casa como buscando algo y se fijó en mí. Se rozó el lunar oscuro con la
punta de sus largos dedos, levantó la
mano y me saludó.
Y yo, yo también me
toqué la mejilla, como si ella me acariciara.
María Laura Ruggia

Comentarios
Publicar un comentario