EMILY DICKINSON




Dejaste que el rocío del atardecer

te perfumara con 

la miel de los estambres

de las flores.

Entre tus libros y poemas 

se arraigó la soledad. Tu escondite

fue un nido  colgado 

en el jardín. El canto de las aves 

se coló por la ventana de tu cuarto

y en tu verso marcó

el ritmo de la duda.


Descansa, Emily

alienta la esperanza.

Tu verso respira

y lo lleva por el mundo

la oropéndola

que no quiso 

mantenerlo en secreto.




María Laura Ruggia

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