FLORECERES
Dos siluetas apenas se insinúan con algún reflejo claro en el rincón del jardín donde no florecen ni las pasionarias ni los aromitos. Sola, ahí, vigilante la magnolia morada extranjera en el país de la costa estira su ramaje con sus pimpollos alargados. Entre las sombras unas manos en los cabellos en los pechos en las caderas se sostienen se enseñan el camino inventan el juego. El rocío del amanecer besa los bordes empapa refresca. Los pétalos morados se abren jadeantes. El ritmo sube baja y explota. Un hilo de luna se derrama corre por los estambres empapa los pistilos y sucumbe de pura luz.