FLORECERES

Dos siluetas

apenas se insinúan

con algún reflejo claro

en el rincón del jardín

donde no florecen

ni los crisantemos

ni los jazmines.

Sola, ahí, vigilante

la magnolia morada

extranjera en el país

de la costa

estira su ramaje pulido

con sus pimpollos alargados.

Entre las sombras

unas manos

en los cabellos

en los pechos

en las  caderas

se sostienen

se enseñan el camino

inventan el juego.

El rocío del amanecer

se detiene en los bordes

empapa

refresca. Los pétalos

morados

se abren

jadeantes. El ritmo

sube

baja

y explota. Un hilo de luna

se derrama

corre por los estambres

empapa los pistilos

y sucumbe de pura luz.

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