EL OLOR A ESCUELITA DE CAMPO
¿Recuerdas el olor a la escuelita de campo? ¿Acaso era esa fragancia que se impregnaba en las manos al abrir la tranquera? O era tal vez el perfume de las hierbas que crecían entre los zanjones alrededor del pequeño edificio un poco rancho, un poco escuela con lazos de tiza. Era el olor de los algodonales pintarrajeados de manchones blancos o el leve murmullo de la soja que el viento zamarreaba para que se divirtieran los pájaros picoteando los granos prontos a madurar. Era el aroma invasivo del pasto que removían las gallinas de algún vecino buscando gusanitos en la tierra o el que se mezclaba con el sabor de los miquichises escondidos en las raíces de los tréboles en flor para calmar el hambre de varios días. Quizás fuera el sabroso olor a sopa o a guiso que escapaba de la cocina y nos hacia olvidar de las cuentas y las letras cuando la panza empezaba a chillar. Era la emanación de la ternura anidando en las manos...