EL OLOR A ESCUELITA DE CAMPO


¿Recuerdas el olor a la escuelita de campo?

¿Acaso era esa fragancia que se impregnaba

en las manos al abrir la tranquera?

O era tal vez el perfume de las hierbas

que crecían entre los zanjones

alrededor del pequeño edificio

un poco rancho, un poco escuela

con lazos de tiza.

Era el olor de los algodonales

pintarrajeados de manchones blancos

o el leve murmullo de la

soja que el viento zamarreaba

para que se divirtieran

los pájaros picoteando los granos.

Era el aroma del pasto

que removían las gallinas

de algún vecino 

buscando gusanitos en la tierra

o el que se mezclaba con el sabor 

de los miquichises

escondidos en las raíces 

de los tréboles en flor

para calmar el hambre de varios días.

Quizás fuera el sabroso olor a sopa

o a guiso que escapaba de la cocina

y nos hacia olvidar de las cuentas

y las letras cuando la panza

empezaba a chillar.

Era la emanación de la ternura

de las manos chiquitas

con un lápiz por primera vez

o la de aquellas que ya pedían los libros

más difíciles llenas de curiosidad.

Era el olor de los abrazos de los pequeños

después de caminar varios kilómetros

para llegar a la escuela

o el de los recreos llenos de juegos 

risas y disparates.

Era el aroma de la sombra del viejo ombú

aula  con bancos de raíces y pupitres de regazos

en las siestas agobiantes de verano.

Era el efluvio de la tierra mojada

por un aguacero que no se había anunciado

y jugaba a formar charcos en el camino.

El olor a escuelita de campo

era un bálsamo. Una mirada

un beso

un abrazo

un “seño, te quiero”.

Bálsamo que curaba

con amor.

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