LUNA
Cayó la noche. Su cuerpo tembló, los músculos de la cara se le tensaron. Estiró los brazos y lanzó un manotazo tras otro. Su destino sería errante después de lo que estaba haciendo. Había encontrado el hilo que la llevaría al final del habitáculo húmedo y lleno de mugre donde estaba encerrada.
Repitió los golpes hasta que
dio con alguien que trató de detenerla. Entonces insistió
tanto que rompió por fin los últimos vestigios de fuerza del que había
doblegado su voluntad y la había sometido.
Él estaba ahí, tirado en un charco de sangre
que brotaba de un surco abierto en su cuello. Se acercó paso a paso, el temor a
un ataque sorpresivo la había vuelto cauta y recelosa. ¿Y si otra vez estaba
fingiendo, si otra vez la sorprendía, reduciéndola a latigazos?
Un pesado hedor, un sopor traía a su mente sensaciones olvidadas, imágenes borrosas de lo que fue. Él no reaccionó. Estaba inmóvil. Su mirada quedó congelada. «¿La muerte hace que los ojos brillen así y se apaguen lentamente?» —pensó.
Por una rendija una luz la
encegueció. La luna gigante brillaba con una intensidad inusitada. «La
superluna del aromito. Despertará la iguana.» —se dijo. Un aullido aturdió su
cabeza. Sus piernas se movieron sin saber muy bien qué
hacer. Intentó coordinar sus pasos hasta que marcaron un ritmo
atolondrado y corrió. Sus pies resonaron por senderos
de tierra firme y por el pasto reseco.
El rocío le humedeció el pelo
que caía desparejo por su cuello y poco a poco un reflejo frío bajó por
sus brazos que se movían acompañando el balanceo del cuerpo. Sus manos estaban tibias y pegajosas. La sangre se resecaba en
sus uñas.
Ahí estaba la luna, viajera incansable, que
se cree libre en ese cielo inabarcable y está prisionera en un círculo vicioso, atada a la Tierra, sin poder
elegir para dónde ir. La superluna, que brilla tan arrogante con luz prestada y
se acerca inocente o sumisa a besar a su carcelera. Estéril, opaca, cautiva por
toda la eternidad.
Ella misma era una luna prisionera
también. Pero ella lo había hecho. Ella había vencido al fin la fuerza que la
tenía presa y se alejaba, suelta y sin rumbo, hacia la nada.
Agitada y sin fuerzas, se acercó a la
orilla de la laguna. Bebió el agua turbia hasta saciarse. Sacudió con fuerza su
cabeza haciendo resonar las orejas. El reflejo de la luna espejaba el agua. Vio
su rostro transfigurarse hasta develar su fisonomía humana. «Y ahora qué haré»—susurró.
Levantó la vista, las nubes abrían caminos
en el cielo. Pero la luna seguía allí.

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