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INDIFERENCIAS

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Ya no sufres por el niño  quebrado de hambre. No te duele la madre  que se desangra con sus hijos para salvar a la humani dad el anciano que muere solo el río que corre  arrastrando los desperdicios  de los insaciables la flor que murió  en su capullo sin que su belleza  iluminara tu mundo el nido con pichones  mutilados  antes de emplumar. Sin lágrimas, sin consuelo quedó tu corazón abandonado entre muros de indiferencias.

EL LIBRO

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                Estaba parada en la esquina de la Plazoleta de los Pájaros, esperando el colectivo. Lo vi acercarse. Era flaco  y alto como un álamo y su vestimenta oscura me produjo una sensación de alerta que me exigió acomodar el cuerpo para huir. Miré hacia los lados y nadie había cerca a quien acudir.                 Él caminaba  haciendo crujir a su paso,  las hojas secas que se amontonaban en la vereda, hasta que llegó hasta mí.  Entonces, me sonrió.  Tenía la mirada de niño a punto de hacer una picardía y su gesto de simpatía me generó confianza. -¿Qué haces acá, sola, a estas horas? –Me preguntó- Será mejor que esperes en el bar hasta que pase el colectivo. Entramos.  Ya todos los parroquianos se habían ido, sólo quedaba el dueño del lugar haciendo sus últimas tareas. -Mirá lo que tengo. ...

GLICINAS

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Por la galería celeste de las glicinas, me lleva ondulante marejada de verdadero amor. Lluvia que llueve y no llueve, racimos de húmedo olor, que se cuelan por las rejas entre el verde camaleón. Aromas de grata infancia desbordan el pasillo en flor y se filtran los recuerdos en cascadas de ilusión. 

LUNA QUEBRADA

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Alta brillaba la luna. ¡Harta brillaba! Hastiada, lastimada, alta brillaba. Astillada, quebrada, la luna brillaba. Harta, aún brillaba, la luna en la quebrada. Brillando alto estaba. Brillando hartaba la luna quebrada.

EL PROFETA Y LA NIÑEZ.

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Una vez, el Profeta llegó hasta las cercanías de una vivienda hecha con materiales muy rudimentarios, que se encontraba cerca de un basural.  Era indudable que la familia que allí moraba tenía grandes necesidades y que bien apreciarían la presencia de alguien que los pudiera auxiliar en este mal trance que estaban pasando.  El Profeta pensó en ir a su encuentro. Al hacerlo,  observó que aún bajo la presión que podía representar vivir en esas circunstancias, los niños  se entretenían  con unos trastos viejos y con juguetes muy deteriorados. Mientras algunos se divertían con una pelota rotosa, otros simulaban una comida familiar con vajillas de latitas y plásticos y  una niña de apenas unos pocos años arrullaba con una dulce nana una muñeca que tenía una pierna más larga que la otra, un bracito roto y la cabeza pelada.  Sin embargo, era fácil  percibir que esos juguetes que otras criaturas habían desechado por encontrarlos feos y desagradables,...

COMO HIERBA FRESCA

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Esa noche se acostó  temprano. Tenía una rara sensación. Durante la madrugada la despertó  un dolor inquietante que le recorría  todo el cuerpo como el agua en la ducha. Una picazón le penetraba  casi hasta los huesos y no la dejaba volverse a dormir. Creyó que por los poros le crecían milimétricos zarcillos y se sintió como las semillas de los germinadores que hacían en la escuela cuando era pequeña, que se hinchaban hasta explotar en raíces y hojuelas tiernas. Pronto sus extremidades se cubrieron de brotes  que siguieron avanzando hasta tapar todo su ser. Parecía una esponja  con la superficie verde intrincada y el cuerpo dispuesto a absorber.  Con la primera luz del día  se levantó pesadamente y llamó  a su madre para avisarle que no iría a atender el negocio en el que trabajaba junto a su familia. Le dijo que no se sentía  bien. Se observó  con inquietud y pasó sus manos en delicado movimiento por toda su vegetal cu...

PELOTA ROJA

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El sol es una pelota roja. Rebota en el cielo hasta caer en el poniente. Lo enciende y desaparece. La noche tiene sabor a chocolate y miel. En mi cabeza unos duendes se consuelan con las ranas que a la luna le dan charla. Me miras y tus ojos buscan en la penumbra el rastro de mis lágrimas. Como las hormigas que en la oscuridad deambulan entre los rosales al amanecer ya se habrán ido. Tus pasos retumbarán por el pasillo y el sonido de la puerta cerrándose hará caer  mis párpados cansados.    

LLUVIA

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En los árboles pían los gorriones  con sus plumajes opacos. La lluvia moja las hojas y cae sobr e la vereda. Es música que baja del cielo para regar  las almas en la tierra. Los charcos se pueblan de círculos danzan y se desarman   con la urgencia del día  que tiembla. Un rayo. Cesa el ronroneo  en los techos  por un segundo. Silencio. Y vuelve a resonar la lluvia como si una orquesta nos sobornara  con su arte natural.

EL ÁNGEL

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                Abrí los ojos y me quedé quieta por unos instantes, tiempo suficiente para acostumbrar mis sentidos a la realidad, para verificar que el sueño ya se había ido y que esto era la vida real. Sin embargo, no estaba totalmente segura de que así fuera.  Tenía cierta languidez corporal, corrompida por un sinuoso cosquilleo eléctrico, que no podía reconocer porque era absolutamente diferente a todo lo que mis células estaban acostumbradas a percibir.             Me imaginé en ese instante que mi cuerpo no pesaba como de costumbre y que esa modorra insistente que trataba de adormecer mi razón tenía un motivo de ser.  Creí posible que me pasara algo sobrenatural y mi extraviada cabeza equiparó esas sensaciones a las que habría sentido el pobre Gregorio Samsa en el momento de despertar convertido en horrible insecto.  ¿Y si me hubiese ocurrido lo mismo?  Porque era ...

MORITA Y EL DIABLO

Una noche de verano mis primos y yo jugábamos en la esquina. Era bastante tarde para estar afuera, pero tan entretenidos estábamos que no les hicimos caso a nuestros padres para entrar. De pronto, Anita señaló la ventana enrejada del galpón de  mi casa. –¡El diablo! –gritó y se puso más pálida que la luna, que estaba escondida entre las nubes. ¡Todos lo vimos! Entre las rejas asomaba una cabeza con un sombrero negro y un cuerpo tapado con una capa roja . Un aullido se escuchaba por todos lados y nos erizaba los pelitos de la piel. Corrimos hacia nuestras casas. Yo me tiré al regazo de la nona María y la abracé tan fuerte que la dejé temblando. Al otro día fuimos al  baldío, aunque nos duraba el miedo.  Mi madre y mi padre me contaron historias sobre lo que podía hacernos el diablo, si nos quedábamos jugando afuera hasta tan tarde  o si no obedecíamos. Anita dijo que las monjitas del colegio le hablaban del demonio, el jefe del infierno.  Patr...