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ANHELOS

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  Por qué cuando me acerco devienen distancias entre vos y yo. Por qué te has convertido en algo inalcanzable para mí. Dónde está escrito que tus pensamientos no pueden ser míos. Quién determinó que tus carcajadas no alegren mis días. Qué ley tan severa te aleja de mí. Cuándo se escribieron y en qué raros trazos los rumbos que nos separaron. Te vas como una nube que se pierde en el infinito. Y vuelves con los vientos del norte cuando el sol cae detrás de los árboles. Huyamos hacia el horizonte que la tarde nos bañe de oro y nos queme su arrebol.          

NIDO VACÍO

Ella Que si veo a la familia de tu padre. Pero sos pelotudo o qué tenés. Que si veo a la trola con la que vive y el hijo que quién sabe de quién es, dirás mejor. Familia éramos nosotros, Oscar vos y yo. Hasta que formaste pareja y te fuiste. Y entonces todo cambió entre los dos. Sentí la soledad de una manera extraña. Entró por esa puerta y me invadió. Estábamos juntos, como siempre, pero me sentí tan sola. Hasta que poco a poco las palabras fueron ariscas compañeras para mí. Qué podía decir si las palabras salen del alma y yo tenía el alma con un hueco profundo y sin final. Dónde se habían ido las palabras que siempre abundaron en mí. Enmudecí, es cierto. Nada había para decir. Y mi silencio fue un abismo entre los dos. ¿Acaso él se puso a pensar por qué enmudecí? ¿Acaso pensó que ese vacío se llenó de tristeza? ¿Acaso notó mi angustia? ¿Acaso me vio desmejorada y enferma? ¿Acaso intentó una caricia amorosa   o dijo una palabra tie...

DESTINO

Las flores azules manchaban el verdor de los camalotes. Las chicharras cantaban bajo la sombra de un paraíso. El arrumaco de las palomas acariciaba la siesta. En la arena húmeda se perdieron tus huellas. A lo lejos una embarcación separaba las aguas del cielo.  Surcaba  serena.  La isla era el centro del laberinto.  Saliste tirando de un hilo invisible. Te esperé en la orilla y no volviste.  

ADIOS (Microcuento)

“Te esperé bajo la lluvia dos horas, mil horas”, canto y tiemblo de frío con el vestido rojo chorreando agua .  Sé que no vendrás, pero es hora de hacerlo.  Subo al colectivo rumbo al sur y dejo mis miedos saltando los charcos en la vereda de la plaza.

LA NIÑA PÁJARO

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Rosina jugaba en el jardín cercado por racimos de glicinas que colgaban de una pérgola. Rosina extendía sus brazos y , aleteando de arriba hacia abajo , corría en círculos por el patio de tierra, encaraba hacia la huerta y revoloteaba alrededor de la pollera fruncida de la abuela China. Ella se metía entre los surcos de las verduras recolectando lo necesario para cocinar, en el delantal abullonado como la bolsa de un canguro. Rosina era una niña delicada y fragante de ciudad, que se volvió pájaro en el campo. Aprendió a jugar al aire libre de la mano de la nona y a trepar, ayudada por el nono, a las ramas altas de los árboles donde armaba un nido suave con las plumas robadas al plumero de doña Inés. —Si esta niña sigue aleteando en cualquier momento se irá volando –rezongaba la señora, mientras desempolvaba los muebles del comedor con el plumero semipelado o barría el patio de tierra con una escoba armada con yuyos del campo. —Rosina —gritaba su madre llamándola—, mi niña, mi peq...

LA TORRE

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Supe que algo pasaría el día que mi padre recibió al novio de Gloria. Ella  apenas si llegaba a los 16 y su amado era bastante mayor. La cara de mi madre cambió desde que ellos empezaron a hablar de casamiento.  Día tras día sus nervios descontrolados la pusieron histérica. Ella, tan serena para todo, en poco tiempo no soportaba una risa, lloraba de la nada y hasta un día, en uno de sus momentos  de rabia, le arrojó a mi padre la tabla de picar que tenía en las manos. El pesado trozo de madera de algarrobo pegó en el marco de la puerta y se partió al medio. Papá quedó pálido. Recogió los pedazos, con la boca abierta, desconcertado. –Qué te pasa loca, –le gritó–. Me querés matar o qué. –Ella sin retroceder en su delirio, lo miró, así como seguramente miran los asesinos a sus víctimas y le dijo, “te lo  merecerías  hijo de puta”. Gloria y yo parecíamos las estatuas que había en la plaza. Inmóviles del susto nos arrinconamos detrás del aparador grande, espera...

MAÑANAS

El canto del zorzal me despierta cada mañana. Todo el día me acompaña ese trino que reconozco entre tantos. No es cualquier zorzal, es el mío, digo yo, como si pudiera adueñarme de su alma. Él es libre. Y con su libertad natural elige cantar aquí. Se posa en lo alto del fresno más viejo de todos los que bordean la calle de mi barrio. Desde allí, su canto cruza todo el vecindario. Me instalo en el porche. Y espero con el mate y los bizcochos que llegue mi amiga, para charlar. En cada encuentro la charla nos lleva por los intrincados laberintos de la vida cotidiana, de los recuerdos, de la política. Nos reímos. A veces también lloramos. Así somos. Un poco divagantes, en eso sí nos parecemos. Todavía con muchos sueños en la cabeza. En eso también somos iguales. En política no. Ahí somos polos opuestos. Ella, muy radical. Y yo tan peronista.  Igual en algo coincidimos en eso también: para las dos, la patria es el otro. Un auto a bastante velocidad pega una frenada en la esquina. ...