AGONÍA
El
sol pega sobre la piel
haciendo
picar el cuerpo.
El
agua del río acaricia la arena
y
desdibuja nuestras huellas
a
medida que avanzamos.
Sube
y baja el ritmo de la siesta.
Más
allá, los pocos eucaliptus
que
aún quedan en el parque
mueven
su follaje fragante
y
el frufrú de las hojas alargadas
es un arrorró de madre.
Nos
han visto crecer entre la sombra
de
sus brazos siempre verdes
sembrados
de nidos.
Hemos
herido la piel de alguno
para
inmortalizar en su cuerpo
atravesado
por el tiempo
nuestras
iniciales entrelazadas.
Hemos
disfrutado de las madrugadas
mirando
la luna caminar en el río
y
temblamos con el arrebato de la brisa islera
tirados
al borde de sus raíces.
Han
visto pasar nuestras figuras
por
los caminos del pueblo
sin
imaginar que seríamos las manos
que apurasen su agonía.
Hoy los vemos destrozados
yaciendo
en el parque vacío.
El río
sigue.
Se
pregunta por esta ausencia
y
refunfuña el ritual del adiós.
Ojalá
el perdón se derrame
en
la savia sacrificada
y reverdezcan
otra vez
en
las orillas de San Javier.
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