Para Elvira Por Marisa Firmani Fue el domingo de estrellas rojas que comprendiste que tu tiempo aquí, terminaba. Te ibas, bendecida por tu fe, a emprender un camino de bondades misericordiosas. Impecablemente atravesaste la vida y sus circunstancias y ahora lo callas en tu última mirada enamorada. Migraron de tu patio los pájaros en ese día enternecido, en que el sol acompañaba abrigándonos a todos en tu despedida porque el espacio que dejabas sobre esta tierra ya estaba brotado por grandes flores de estrellas federales que te harán sonreír. Te fuiste en la mejor etapa de tu vida dejándonos en paz y justicia… Tú sí que creías que nos iluminaban tus flores rojas.
Ridícula. Sí, es totalmente ridícula. Qué otra cosa se puede decir de una mujer como ella. Es alta y flaca, se parece a un álamo viejo de esos que están al final de la calle. Anda desaliñada, crota, mal vestida. Tiene el cabello enrulado y un lunar bastante grande en el cachete izquierdo que resalta en su cara blanca y consumida. Camina con pasos cortitos, como si tuviera miedo de caerse; pero se mueve con una rapidez rara de lagartija sobre la tierra caliente. La veo a cada rato, pasa y pasa por la vereda de enfrente de la casa de mi abuela Tonia. Todas las tardes, a la salida de la escuela, con los chicos del barrio la miramos cuando nos juntamos a tomar mates debajo del paraíso sombrilla que creció guacho en el jardín. A veces pienso que ese árbol es como yo, que me crié en la casa de mis abuelos guachito, sin madre ni padre. La abuela Tonia me zamarrea de la ropa cuando le digo esas cosas que pasan por mi cabeza. Dice que yo tengo una familia y que dej...
Cayó la noche. Su cuerpo tembló de frío y sintió que los músculos de la cara se le tensaban. Estiró los brazos y lanzó un manotazo tras otro. Sabía que su destino sería errante después de lo que estaba haciendo. Pero había encontrado el hilo que la llevaría al final del oscuro habitáculo húmedo y lleno de mugre donde estaba encerrada. No esperó más, repitió los golpes hasta que dio con alguien que trató de detenerla. Entonces insistió tanto que rompió por fin los últimos vestigios de fuerza del que había doblegado su voluntad y la había sometido. Él estaba ahí, tirado en un charco de sangre que brotaba de un surco abierto en su cuello. Se acercó paso a paso, el temor a un ataque sorpresivo la había vuelto cauta y recelosa. ¿Y si otra vez estaba fingiendo, si otra vez la sorprendía, reduciéndola a latigazos? En el ambiente se olía un pesado y dulce hedor desconocido, un sopor que traía a su mente sensaciones olvidadas, imágenes borrosas de lo que remotamente fue. Él no ...
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