Ridícula. Sí, es totalmente ridícula. Qué otra cosa se puede decir de una mujer como ella. Es alta y flaca, se parece a un álamo viejo de esos que están al final de la calle. Anda desaliñada, crota, mal vestida. Tiene el cabello enrulado y un lunar bastante grande en el cachete izquierdo que resalta en su cara blanca y consumida. Camina con pasos cortitos, como si tuviera miedo de caerse; pero se mueve con una rapidez rara de lagartija sobre la tierra caliente. La veo a cada rato, pasa y pasa por la vereda de enfrente de la casa de mi abuela Tonia. Todas las tardes, a la salida de la escuela, con los chicos del barrio la miramos cuando nos juntamos a tomar mates debajo del paraíso sombrilla que creció guacho en el jardín. A veces pienso que ese árbol es como yo, que me crié en la casa de mis abuelos guachito, sin madre ni padre. La abuela Tonia me zamarrea de la ropa cuando le digo esas cosas que pasan por mi cabeza. Dice que yo tengo una familia y que dej...
Cayó la noche. Su cuerpo tembló, los músculos de la cara se le tensaron. Estiró los brazos y lanzó un manotazo tras otro. Su destino sería errante después de lo que estaba haciendo. Había encontrado el hilo que la llevaría al final del habitáculo húmedo y lleno de mugre donde estaba encerrada. Repitió los golpes hasta que dio con alguien que trató de detenerla. Entonces insistió tanto que rompió por fin los últimos vestigios de fuerza del que había doblegado su voluntad y la había sometido. Él estaba ahí, tirado en un charco de sangre que brotaba de un surco abierto en su cuello. Se acercó paso a paso, el temor a un ataque sorpresivo la había vuelto cauta y recelosa. ¿Y si otra vez estaba fingiendo, si otra vez la sorprendía, reduciéndola a latigazos? Un pesado hedor , un sopor traía a su mente sensaciones olvidadas, imágenes borrosas de lo que fue. Él no reaccionó. Estaba inmóvil. Su mirada quedó congelada. «¿La muerte hace que los ojos brillen así y se apaguen lenta...
Con pluma de picaflor dibujá su nombre en tu mano. Con pluma de cardenal prendé en el pecho la llama. El grito del teru teru anunciará en el río la alianza. Trenzá ramas de sauce y flores de pasionaria cerca de la barranca que lo que anuda la costa la vida no lo desata.
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