¿QUÉ ES UN CUENTO?

En el Fogón virtual en el que participamos el martes Tere, Nadia y yo, se leyó un cuento que me gustó.  Se llama Los bordes y es de Stella Maris Leguiza.

La propuesta de las organizadoras es motivadora para charlar sobre un aspecto importante relacionado con la literatura y con el cuento en particular. Y es justamente la cuestión de qué se considera un cuento, lo que dio lugar a una explicación que, por lo limitado del tiempo del encuentro, tal vez quedó algo confusa.

A mí me dejó pensando y se me ocurrieron algunas reflexiones.

Por lo general, cuando hablamos de cuento cualquier persona mínimamente escolarizada sabe de qué se trata. No necesariamente es un saber académico específico, sino uno en cierta forma, por experiencia. 

¿Qué se sabe? Se sabe que es ficción. Eso es lo primero que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en un cuento. Hasta un niño o niña que aún no ha ido a la escuela entiende la diferencia entre la historia que se desarrolla en un cuento y cualquier otra que escuche en la vida diaria sobre aspectos de la realidad. Sabe que los cuentos forman parte de la fantasía, aunque se parezcan a lo real.

Esa es una de sus características.

Un cuento forma parte de la literatura y la literatura es arte.  Es una de las tantas formas que tiene el ser humano de pararse ante la realidad —que muchas veces puede resultar abrumadora—, de analizarla, de tratar de entenderla, de cuestionarla, de buscar modificarla desde la creatividad.

Por ser parte de ese universo literario, se rige por reglas y utiliza recursos y técnicas que le son propias. Por ejemplo, tiene una estructura; hay un conflicto; tiene un narrador, personajes, un espacio, un tiempo donde transcurre la acción; utiliza recursos estilísticos; busca producir un impacto estético en el lector; es ficción, aunque las historias puedan surgir de hechos reales.

La palabra ficción proviene de un término del latín que significa acción y efecto de fingir, invención o cosa fingida. Sin embargo, no alude a algo falso, sino a la construcción artística de la realidad, no para copiarla exactamente, sino para crear un mundo verosímil que puede no ser real, pero es posible. Con respecto a todo esto, existe un pacto implícito entre autores y lectores acerca de lo ficcional. El lector acepta los elementos imaginarios que suceden en la historia sin considerarlos una mentira, aunque sepamos que los hechos nunca sucedieron. Tanto en la experiencia de escritura como de lectura fingimos que los sucesos de la trama ocurren realmente o son posibles en ese mundo de ficción.

Con estas consideraciones, podemos establecer entonces buenas diferencias entre otras formas discursivas como la anécdota, la noticia, el relato de hechos cotidianos, la leyenda, la carta, entre otras. No necesitamos hacer un análisis más minucioso para establecer estas condiciones y reconocer qué es un cuento. A diario entramos en contacto con todo tipo de textos que disfrutamos, apreciamos o ignoramos según nuestros intereses y, como dice nuestra querida Teresita, “si alguien escribe algo y a los que lo leen les gusta, qué importa si es cuento, si es poema, si es periodismo o lo que sea”, siempre que lo podamos apreciar.

Sin embargo, podemos profundizar un poco más en el análisis del cuento como expresión literaria para mejorar, por un lado, nuestras posibilidades de interpretación de lo leído y por otro, para aplicar esos conocimientos cuando escribimos nuestros textos.

Juan José Saer dice que no se escriben ficciones para eludir los rigores que exige el tratamiento de la “verdad”, sino justamente para poner en evidencia el carácter complejo de la situación real; porque a través de la ficción podemos multiplicar hasta el infinito las formas de expresar la verdad, construyendo relatos que pueden ser leídos como otros modos de darle un sentido a las cosas y los hechos que nos ocurren y muchas veces nos preocupan.

Y acá podemos entrelazar este concepto con lo que desarrolla Ricardo Piglia (es lo que explicó la profesora en el encuentro) en su Tesis sobre el cuento.  Él sostiene que un cuento siempre cuenta dos historias.  Por un lado, la historia evidente y por otro, la secreta, que corre por debajo o se oculta en los pliegues del texto y que se teje con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.

Para Piglia el cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto, la verdad secreta escondida bajo la superficie opaca de la vida. Esa iluminación profana se ha convertido en su forma actual.

En su Nuevas tesis sobre el cuento el autor agrega ideas sobre su final. Sostiene que los finales son formas de hallarle sentido a la experiencia, a la historia. 

Piglia dice que el final pone en primer plano los problemas de las expectativas del que espera el relato, que no es alguien externo a la historia, que no es lector; sino una figura que forma parte de la trama. El final, en definitiva, está escrito para algún personaje.

En conclusión, si pensamos el cuento como una doble historia, la verdad depende del argumento paralelo que se cuenta en secreto. El final es descubrir el punto de cruce que nos permite encontrar esa otra trama.

En 2024 leímos el cuento Mapas, de Diego Muzzio.  En él la historia evidente relata lo que le ocurre a una pareja que trata de orientarse cuando se pierden en un laberinto de caminos. La segunda historia se construye con lo que no se dice y se va develando a medida que se acerca el desenlace. El final, que es el que conviene a esos personajes, los deja pensando en lo que realmente nunca se dijo, en lo que queda latente, en el cruce de las historias. Es un cuento realista y la verdad oculta, parafraseando a Saer, puede ser leída como otro modo de darle un sentido a las cosas y los hechos que nos duelen en la vida.

El cuento Los bordes, de Stella Maris Leguiza tiene tintes surrealistas. Si bien se presenta como una historia aparentemente normal, la aparición de un payaso con su magia rompe ese concepto. También podemos percibir la historia que aparece develada y otra que puede estar oculta.  El final escrito para la protagonista, sugiere que hay algo más. Un cuento para pensarlo, analizarlo e intercambiar opiniones y datos que se perciben, porque eso enriquece las apreciaciones que cada uno puede tener.  Eso es lo más productivo de estas posibilidades de leer junto a otros.

También, en relación con todo esto, recordé el cuento Los nervios, que Antón Chéjov publicó en 1885. Una historia realista que tiene un final dirigido al protagonista. En él podemos indagar acerca de la otra historia, la oculta, que incluso puede tener una evidente actualidad. Chéjov nos invita a dialogar con él, buscando esos pliegues del texto en los que nos deja vacíos, para poder escribir otras historias a partir de ellos.

Les dejo los tres cuentos para que los lean y los comenten en el grupo. Para que pensemos cómo podemos contar historias jugando con lo que se dice y con lo que no y para que, cuando leamos cuentos, estemos atentos a lo que ocultan los silencios, los pliegues del texto, los juegos con los que el autor nos dice más de lo que a veces podemos apreciar en un primer momento.

 

 

 

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